Matt Strahm negoció una base por bolas con las almohadillas congestionadas en la novena entrada para coronar una ofensiva de cuatro carreras en el triunfo de los Padres el domingo 14-13 sobre los Colorado Rockies, que rescató el empate para San Diego en una serie que pasará a la historia.

En un giro irónico, la serie más prolífica en los anales de Grandes Ligas no concluyó con un batazo, sino con una carrera por bases por bolas; Un final inesperado para una serie sorprendente.

El resultado de 14-13 es, por sí mismo, sorpresivo. Pero en una época en donde las ofensivas se apoderan cada vez más del juego _ tan solo el domingo siete equipos anotaron más de 10 veces _ Rockies y Padres se encargaron de burlarse por completo de la máxima de que el baseball se rige por el pitcheo. ¿Cómo? Combinándose para anotar 92 carreras durante la serie de cuatro partidos.

Las 92 carreras entre Colorado y San Diego dejaron atrás la antigua marca de 88 impuesta en mayo de 1988 entre Filis y Dodgers.

El segundo home run del juego de Hunter Renfroe igualó el récord el domingo y un sencillo de dos carreras de Wil Myers con dos outs en la pizarra reescribió los libros. Greg García le siguió con un triple de dos anotaciones que empató el juego y dejó la mesa servida para Strahm y la historia.

Los Padres se fueron de Denver con un empate en la serie a pesar de haber permitido 48 carreras en cuatro partidos (12 por juego), pero rescataron algo de dignidad gracias a los 62 imparables que conectaron en ese lapso _ un récord de la franquicia. De esos 62 hits, fueron 13 dobles, 4 triples (2 de Fernando Tatis y 2 de García) y 8 cuadrangulares. Lo curioso es que solo dos jugadores de San Diego se volaron la barda en la serie: Hunter Renfroe en cinco ocasiones y Manny Machado en tres.

Pero toda historia siempre tiene dos versiones. No se puede tener gran bateo sin ayuda de un paupérrimo pitcheo. Y en ese rubro ambos equipos también lograron destacarse. En total de los cuatro encuentros, ambos equipos se combinaron para utilizar 46 lanzadores, y solo 17 de ellos lograron culminar su labor sin permitir carrera.

Obviamente, los Rockies también aportaron al nuevo récord, en particular gracias a Charlie Blackmon quien tuvo 15 imparables durante la serie _ también, un nuevo récord. El jardinero central de tupida barba conectó cuatro hits en cada uno de los primeros tres juegos y se quedó a un solo indiscutible de igualar el récord de partidos en fila con cuatro hits, que pertenece a Milt Stocks, quien lo logró en 1925 con los Brooklyn Roberts.

Pero los abridores de San Diego merecen una mención especial, pues entre Strahm, Cal Quantrill, Eric Lauer y Nick Margevicius trabajaron apenas 12 innings y un tercio, en los cuales admitieron 24 carreras, para una brillante “efectividad” de 17.85.

¿Culpa del Coors Field?

No es un secreto, la pelota vuela en el aire enrarecido y seco de las alturas de Colorado y transforma el Coors Field en un paraíso para los bateadores y un infierno para los lanzadores.

Sin duda alguna, batear en Colorado ofrece una gran ventaja y, aunque quizá no abiertamente, se ha tomado en consideración al momento de valorar integralmente a un pelotero.

Blackmon, por ejemplo, tuvo un promedio de .333 y 34 jonrones campañas atrás. Pero la disparidad de su producción en casa versus su trabajo como visitante es abismal: en Colorado (promedio de .388 y 22 cuadrangulares); y en la carretera (.236 y 12, respectivamente).

Y no es el único que presenta estos sospechosos síntomas. Larry Walker, quien ganó tres títulos de bateo mientras jugaba con los Rockies, gozó de un caricaturesco promedio ofensivo .381 durante su carrera en el Coors Field y de .282 en el resto de los parques de las mayores.

Todd Helton, campeón bate en 2000 con promedio de .372, conectó para 345 y disparó 227 en casa mientras amasaba una media ofensiva de .287 y 142 bambinazos como visitante a la largo de su carrera.

En un esfuerzo por minimizar el fenómeno físico que se experimentaba al jugar en la altura de Colorado —en el aire seco la pelota viaja más lejos—a partir de 2002 se instaló un humidificador en el estadio para almacenar las pelotas, pero el parque sigue siendo una caja de fósforos.

Coors Field es el paraíso de un buen power-hitter por la enorme altitud a la que está situado. El hogar de los Rockies está a una milla sobre el nivel del mar (1.609 metros), comparado con los aproximadamente 0 metros del Yankee Stadium o los 320 del Suns Trust Park de Atlanta.

Este simple hecho puede hacer que un jugador mediocre pero con algo de poder en el bateo pueda pelear por ser el líder de cuadrangulares cada temporada, lo que sin duda puede ser clave en la carrera de un jugador. Y es que se calcula que una pelota que volase durante 400 pies en Nueva York puede llegar a alcanzar 440 en Denver. La altitud ha marcado tanto las estadísticas en este estadio que la liga introdujo un humidificador especial en el que se debían guardar las pelotas antes de los partidos para que no se secasen demasiado y así se contarrestase un poco el efecto.

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